La lengua española: esa luz entre chapuzas y escombros

No, lo cierto es que no soy de los que piensan que el español necesita de algún salvapatrias que lo defienda a capa y espada. Pero tampoco pertenezco a ningún partido político, ni soy uno de sus palmeros, por lo que no dependo de un color determinado para decidir si algo me debe parecer una idea brillante o una nueva estupidez. Y lo que hace con el español la nueva ‘ley Celaá’ no me gusta. Sí me gusta, en cambio, que estas leyes se recuerden con el nombre del ministro de turno, como ocurrió con la anterior, porque así, mientras no haya un Pacto de Estado por la Educación, estas chapuzas con fecha de caducidad tienen nombre y apellido. 

Repito, el trato que da la nueva ley a la lengua española no me gusta, pero no porque me preocupe que el español vaya a perder su salud (afortunadamente, una lengua que hablan de forma nativa quinientos millones de personas no se daña fácilmente), sino porque trata de convertir un tesoro formidable, de una riqueza infinita, en algo a lo que una lengua no debe parecerse nunca: una burda moneda de cambio, un guiño grosero, un producto destinado al trueque. 

Yo soy filólogo (no solo hispánico). Y filólogo, etimológicamente, significa ‘amante de las palabras’. No existe definición con la que me sienta más identificado. Me apasionan las lenguas y creo que todas deben protegerse y cuidarse, defenderse. Pero nunca, jamás (eso es algo que no terminan de entender algunos servidores públicos), se defiende una lengua menospreciando otra. Por eso me sorprende que compañeros de profesión, profesores y filólogos (será que, cuando eres simpatizante o palmero de un partido, la vocación queda en un segundo plano), salgan a explicarnos, a los pobrecitos ignorantes que nos creemos cualquier mentira, todos los bulos que se han lanzado sobre la nueva ley y el español. Circula por los medios de comunicación y por las redes sociales una nota aclarativa, con el loable fin de ilustrar a analfabetos o fascistas (ya me entienden, todos aquellos que, como yo, no comulguen con el credo de su partido), que reza así:

«Lo único que cambia de la ley anterior a la ‘ley Celaá’ es un párrafo: eliminan que se trata de “la lengua oficial del Estado” y su carácter “vehicular”, pero añaden que se aplica “de conformidad con la Constitución Española”. En la práctica, la ‘ley Celaá’ no cambia nada».

Y a mí (que soy muy desconfiado) me surge la pregunta: si no cambia nada, ¿por qué la tocan? ¿Por qué manosean mi lengua? ¿Por qué borran y restan en lugar de sumar? Que se haya eliminado que el español es la lengua oficial y vehicular del estado no me parece casualidad, ni creo que se deba a falta de espacio. De verdad que no quiero ser malpensado, pero podría parecer que esto lo han utilizado, exclusivamente, para sacar adelante unos presupuestos. Y eso, en lo que a mí me toca, me duele. No me gusta que la lengua que enseño y con la que enseño a chicos de once, doce o veinte años, se convierta en moneda de cambio. Con una lengua uno crece, piensa y siente; con ella uno aprende y ama. No es un producto en rebajas. 

La triste realidad es que el español, con cerca de seiscientos millones de hablantes en el mundo, se percibe en algunas regiones de este país como una amenaza, como una lengua que persigue, domina y estrangula las aspiraciones culturales de otras. Esa imagen falaz del español, repleta de prejuicios ideológicos (no deja de ser curioso que, en esas mismas regiones, no se venda una imagen similar y amenazadora cuando se habla de otras lenguas dominantes, como el inglés), es la que ha empujado a estos políticos a borrar el carácter oficial y vehicular del castellano. El catalán, el euskera y el gallego son oficiales en sus regiones. Y el español, que es, como indica la Constitución, la oficial en todo el territorio, no deberíamos verla como una amenaza permanente, sino como una herramienta de un valor incalculable que nos une y te permite, nazcas donde nazcas, comunicarte, compartir ideas y seguir bebiendo de la misma fuente de la que beben otros veinte países de América.  

He dedicado mi vida a explicar que las lenguas, no solo el castellano, son fascinantes, entre otros motivos, porque dibujan en tu mente un paisaje donde se diluyen las fronteras y los límites de tu percepción. Por eso siempre animaré a aprender nuevos idiomas; por eso me parece necesario cuidar, proteger y fomentar las lenguas de cada región… Y por eso, precisamente por eso, no me gusta que los políticos manchen con su ideología barata y sus prejuicios ese tesoro que conforma los cimientos de cualquier civilización. Es triste. Me queda la tranquilidad, sin embargo, de que la lengua española seguirá siendo, por encima de quienes la utilizan como moneda de cambio, para separar o dividir, esa luz que acaba surgiendo de entre los escombros que van dejando nuestros representantes políticos. 

También te puede interesar

Sé el primero en comentar en "La lengua española: esa luz entre chapuzas y escombros"

Deja un comentario

Tu correo no será publicado.


*


A %d blogueros les gusta esto: