Las invasiones bárbaras

486162_4909385452973_539077306_nLa necesidad obliga. Si no pregunten a los cientos de miles de ciudadanos que han tenido que adaptarse a nuevas circunstancias en los últimos años. Adaptarse o morir, esa es la cuestión. Hay quienes han podido tirar para adelante perdiendo las menos plumas posibles, los hay que han quedado desplumados y también los que se han quedado en el camino.

Pero este tipo de procesos no solo afecta a los individuos. Las organizaciones también son parte de la sociedad en que vivimos y actúan siguiendo estímulos externos. Y los dirigentes de los partidos políticos se han dado cuenta ahora que no están al margen de esto, aunque alguno esté esperando a que escampe tumbado en el mismo diván en el que le dibujó Peridis cuando era líder de la oposición.

El drama de esta semana es que por primera vez tenemos que repetir elecciones. Cuarenta años sin votar y ahora vamos a tener que pasar por las urnas como el que pica en el trabajo por las mañanas (el que tenga ese privilegio). Si el Caudillo nos viera ensayaría su tono más paternalista para hacernos entender que los españoles necesitamos mano dura, que no sabemos dirigir nuestros destinos y que alguna mente preclara, militar, por supuesto, debe ponerse al mando de la situación. Da miedo, ¿no?

Pero volvamos a la realidad. Ahora que nuestros representantes estaban cogiendo postura en el escaño se ven en la necesidad de volver a coger posiciones (de salida) para no quedarse descolgados y que venga otro compañero a moverles la silla. Cuentan que alguno además del iPhone y el iPad ha intentado llevarse el escaño, hasta el punto que algún ujier ha tenido que entonar el «¡No pasarán!» (los escaños), en la puerta del hemiciclo.

Como venía diciendo un par de párrafos más arriba centremos el tema del artículo en los partidos, los nuevos y los viejos, tanto monta, monta tanto. Y veamos qué puede enseñarnos la historia de lo que estamos viviendo, porque la historia se repite y, aunque mi razonamiento pueda parecer poco ortodoxo, que lo es, puede resultar clarificador. Cualquier parecido con la realidad, presente o pasada, es pura coincidencia.

Bienvenidos a mi versión de la caída del Imperio Romano, que es algo así como la Historia del Descubrimiento que cantaban «Los curas de pueblo» de Emilio Rosado y El Gómez, pero con más malage.

Después de cuarenta años de dictadura el emperador Teodosio muere dividiéndose el imperio en dos, el Imperio Romano de Occidente (a la izquierda) y el Imperio Romano de Oriente (a la derecha). Aunque al principio hay algo de inestabilidad, tras un corto periodo llamado la Transición, la democracia se instaura en todo el imperio. Esto nos lleva a cuarenta años de estabilidad que se puede denominar periodo de alternancia.

Pero debido a una aguda crisis económica las costuras del sistema saltan por los aires y se producen las invasiones bárbaras. Por un lado los Vándalos, que eran de izquierdas, con el pelo largo, algunos hasta con rastas y les gustaba enseñar los pechos en el templo. Por otro los Godos, que eran más formalitos, de buena familia y encantadores de serpientes. Y en ese momento nos encontramos, en mitad de la invasión.

Lo que la historia nos cuenta, y de lo que debemos aprender, es que el Imperio de Occidente, el de la izquierda, al estar sumido en continuas guerras civiles, terminó desapareciendo, ocupando su lugar los pueblos bárbaros que he mencionado anteriormente. Mientras tanto, el Imperio de Oriente, supo aguantar mejor el envite y pudo sobrevivir otros 1.000 años. «Arrecojan ustedes», que diría el alcalde.

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