Los prepucios de fray Hernando

En el siglo XV, en ese momento histórico en el que los conservadores y la derecha en general fechan el nacimiento de España, vivió y predicó una fraile llamado Hernando de la Plaza. No es muy conocido aunque alguna de sus extravagancias, mis disculpas por calificarlas así, merecen la fama, quizás la mala fama. Llevado por su antijudaismo, muy propio de la época, cometió ciertos excesos verbales. En concreto afirmaba que los conversos mantenían sus costumbres y usos propios aunque se manifestaran exteriormente como cristianos. Y él podía demostrarlo ya que tenía más de cien prepucios en su casa que lo corroboraban. La cosa llegaba ya a tal nivel de ridiculez, populismo que diríamos hoy, que el propio rey hubo de amonestarlo.  

Lo fácil sería comenzar haciendo un chiste fácil a costa de Rafael Hernando, por aquello de la coincidencia del nombre de uno con el apellido del otro. Pero dudo mucho que el ilustre senador del Partido Popular colecciones prepucios en su casa, maledicencias e infamias seguro que si, le deben de sobrar porque las esparce a granel tanto en sede parlamentaria como social. No, no voy por ahí, por la broma más o menos ocurrente. El camino que me interesa es el de la metáfora o la metonimia, que me lío con ambas y por eso nunca pasé de poeta mediocre e ineditado, palabra que acabo de inventar y espero que guste al público lector. A lo que voy, en el siglo XV la carcunda española mentía de manera ridícula afirmando tener colecciones de prepucios de conversos falsos, lo que hay que oír pensaría Enrique IV. Y en el siglo XXI la derecha o las derechas, que los tiempos nos han traído más pluralidad en cada bando, también coleccionan. No prepucios, sería divertido imaginar a Cayetana la oxoniense en su gabinete rodeada de libros y sobre todo de pequeños marquitos cada uno con el prepucio momificado de un marrano o mejor de un rojo, le pondría más. No, no nos darán ese momento tipo Monthy Pyton, son más ridículamente vulgares.

Porque nadie negará que lo de los ataúdes es ridículamente vulgar, un jugar al tenebrismo emocional con la gente. Esa obsesión por echar al felón, más conocido como Presidente del Gobierno y elegido por el Parlamento sede de la soberanía popular, no es más que una vulgarización de lo que antes llamábamos golpes de estado. La manía que le han cogido, en el sentido español no americano que quizás es lo que sueñan, al vicepresidente segundo suena ya cansina. Lleva el hombre poco más de dos meses y aun no ha bolivarizado nada como para que le tengan esa tirria. Nuestra derecha se ha vuelto burda, soez, mentirola, alpargatera, chusca e iba decir que ensoberbecida pero eso lo ha sido siempre. Siempre, desde que fray Hernando de la Plaza mentía sobre su colección de más de cien prepucios. Hoy coleccionan mentiras, el signo de los tiempos.

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