Midas y el peso de la felicidad

Gabriel UrbinaSólo el ser humano es capaz de convertir la felicidad en una pesada carga que lo ata y lo limita. Y es que los barrotes, aunque sean de oro, siguen siendo barrotes, como diría Aïcha en esa canción eterna de Khaled. A esta sociedad no le basta con enseñarte, desde pequeño, a abandonar lo que amas, a que consideres inútil lo que no sea productivo o rentable, a trabajar en cadena… Necesita más de ti (o menos, según se mire). Por eso, después de repetirte mil veces lo que significa madurar, ese verbo siempre alejado del juego, la pintura o la risa, pero extrañamente cercano a lo que hace cualquier animal (ya me entienden: alimentarse, reproducirse y consumirse), se atreve a definirte lo que es la felicidad. Lo hace con una teatralidad estudiada, decidida, intuyendo que muchos acabaremos asumiendo la definición como una verdad absoluta, como si la felicidad fuera un concepto objetivo, universal, medible y, lo peor, obligatorio.

Hace poco leí en El País un reportaje que mostraba a la perfección la paradoja del ser humano. La pregunta elegida para titular la información era sorprendente y efectista, una metáfora de nuestra superficialidad extrema: «¿Qué atormenta al hombre más feliz del mundo?». Seguidamente, la entradilla y el contenido dejaban a las claras la falacia de la pregunta: «debemos evitar compararnos con los demás». Matthieu Ricard, el monje tibetano protagonista y hombre felicísimo según un estudio de la Universidad de Wisconsin, hablaba con bastante lucidez y ridiculizaba el título del reportaje, repitiendo que «la comparación es el verdadero asesino de la felicidad».

Es triste. Comprendo que haya que vender una noticia, que la publicidad exige su cuota y que se intente llegar al mayor número de lectores, pero si necesitas negarte a ti mismo para rentabilizar tu mensaje debes plantearte si de verdad merece la pena. Es interesante, y hasta necesario, que se hable sobre cómo se construye el concepto de felicidad y explicar las terribles consecuencias de compararse constantemente con los demás. Sin embargo, la empresa pensó que a nadie le iba a interesar un reportaje complejo, profundo o cargado de matices, así que optó por vender lo que vende siempre: sensacionalismo superficial, simplista, vacío. Comparó a ese hombre con el resto de la humanidad para que quedara claro su éxito, su superioridad, y atraer así a cientos de lectores que querrían parecerse a él, competir con él, aunque el propio protagonista rechazara las comparaciones y negara ser la persona más feliz del mundo. ¿No es demencial?

Podríamos centrarnos en miles de ejemplos cotidianos para entender que esta sociedad aceptó hace tiempo un don similar al que el rey Midas recibiera de Dioniso. Si este rey convertía en oro todo lo que tocaba, hasta el punto de no poder beber ni comer, nuestra sociedad se está quedando sin valores a fuerza de buscar rentabilidad en todo lo que mira. Ahora parece que tampoco es rentable que una persona trate de construir sus propios momentos de felicidad, a su manera, como pueda, libremente. Esta sociedad necesita inventarse una felicidad universal porque así podrá recordarte cada día que hay alguien que viaja más, que gana más, que sonríe más, que tiene una pareja más encantadora o un coche mejor. Y mientras dure esa comparación absurda (que puede durar toda la vida), te podrá ir vendiendo lo que quiera para que tú te sientas un poco más feliz, menos fracasado, y vayas ocupando tu sitio en este engranaje tan estúpido como perfectamente diseñado.

Lo más terrible es que nos están arrebatando, sin darnos cuenta, incluso el derecho a estar tristes, a dudar o pensar, a superar un duelo, a ser conscientes de lo que somos o plantearnos qué queremos. Si no estamos dispuestos a sentir la soledad, el dolor o la pérdida, ¿cómo podemos descubrir lo que significa, para nosotros, la felicidad? Ellos saben que sin esos momentos de superación no es posible sentir la alegría, y es más fácil que aceptemos nuestro fracaso, convirtiéndonos en fieles clientes dispuestos a comprar esos momentos de felicidad impuesta.

Midas descubrió que el oro no puede comerse ni beberse, y que puede convertir en esclavo al rey más poderoso. No sé cómo terminará esta moda de comprar la felicidad a terceros, al peso y en rebajas, pero parece que a algunos ya empieza a pesarles demasiado. Se dice que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. No es del todo cierto. Aunque nos repitan lo contrario mil veces, acabamos intuyendo (a veces demasiado tarde) que somos los únicos responsables de construir nuestra alegría. Ya sea viajando o mirando las estrellas, escuchando el latido del mar, bailando, jugando, escribiendo o conversando, esos momentos de felicidad los hacemos a mano, a medida, y jamás los encontraremos en un catálogo fuera de nosotros.

También te puede interesar

Sé el primero en comentar en "Midas y el peso de la felicidad"

Deja un comentario

Tu correo no será publicado.


*