El reinado de Carlos IV

El 14 de diciembre de 1788 moría Carlos III y subía al trono su hijo Carlos IV. En este artículo realizamos un fugaz repaso a un reinado crucial para España porque supone el inicio del complejo proceso de crisis del Antiguo Régimen.

La política del despotismo ilustrado del reinado de Carlos III se frenó como consecuencia del estallido de la Revolución Francesa en el verano siguiente y ante el temor al posible contagio de las ideas revolucionarias.  El conde de Floridablanca estableció una estricta política de control en las fronteras y censura para evitar dicho contagio. A medida que la Revolución se radicalizaba, las tensiones con Francia aumentaron. En 1792, Floridablanca fue sustituido por el conde de Aranda. Este avezado político era consciente de la debilidad de España en lo militar y de la conveniencia de no enfrentarse a Francia, por lo que optó por una política más apaciguadora y por la vía de la negociación. Pero el proceso abierto a Luis XVI y su posterior ejecución impidieron llegar a un acuerdo. El conciliador Aranda cayó y llegó al poder Manuel Godoy. El nuevo hombre clave del gobierno ascendió de una forma poco ortodoxa para la época ilustrada o tardo-ilustrada. Era un guardia de corps que consiguió el favor real de Carlos IV y de la reina María Luisa de Parma. Concitó la inquina de amplios sectores de la Corte, especialmente los más reaccionarios, tanto por envidia por su vertiginoso ascenso e inmenso poder como por las propias medidas que tomó. Godoy ha sido una figura muy criticada tradicionalmente por la historiografía, pero hoy los historiadores han matizado mucho estas opiniones negativas porque para algunos es el último representante de la política del despotismo ilustrado, además de no carecer de talento político y de una inmensa capacidad de trabajo.

La guerra estalló con Francia después de que fallaran los intentos por salvar al monarca francés. El conflicto se saldó con un fracaso militar español rotundo, ya que los franceses ocuparon varias plazas españolas en los Pirineos y en el continente americano. La guerra terminó en el verano de 1795 con la Paz de Basilea, que convirtió a Godoy en Príncipe de la Paz. España perdió Santo Domingo y tuvo que aceptar una serie de condiciones comerciales muy desfavorables. A partir de entonces, la política exterior española giró hacia la alianza con Francia. En agosto de 1796 se firmó el Tratado de San Ildefonso, cuya principal consecuencia fue la entrada de España en la guerra contra Inglaterra. En 1797, los ingleses derrotaron a los españoles en el Cabo de San Vicente, bloquearon los puertos, provocando un colapso en el comercio colonial, vital para España. Este hecho tendría hondas consecuencias en el futuro porque estimuló más los deseos independentistas de los criollos.

En el plano interior, Godoy tuvo que hacer frente a la brutal crisis financiera provocada por las guerras y por el hundimiento del comercio colonial. Además, el país sufría una crisis de subsistencias típica de la economía agraria del Antiguo Régimen, con malas cosechas, subida de precios, hambre y el consiguiente malestar social. Godoy quiso afrontar el problema hacendístico emprendiendo la primera desamortización de bienes eclesiásticos de la historia española. Afectó a los bienes destinados a obras de beneficencia. Se expropiarían y se venderían para amortizar la deuda. Se sacó una cantidad razonable, pero no fue suficiente para atajar el déficit galopante. Además, la desamortización de estos bienes terminó afectando a los grupos sociales desfavorecidos porque casi desmanteló la estructura de caridad de la Iglesia. Y, como ocurriría con las desamortizaciones liberales, no tuvo ningún componente de reforma agraria, es decir, que reforzó la estructura de la propiedad, porque las tierras fueron compradas por grandes propietarios. Por fin, la Iglesia se convirtió en uno de los principales enemigos de Godoy, al que consideraba un peligroso ilustrado. Godoy emprendió, además, otras políticas de marcado carácter ilustrado, como fueron la reducción de los monopolios gremiales, el fomento de la enseñanza agraria, y la liberación de los precios de las manufacturas. Nombró a destacadísimos personajes de la Ilustración española, como Jovellanos, Saavedra, Meléndez Valdés, Urquijo y Cabarrús. Pero el malestar social, la presión eclesiástica, los manejos de algunos de los nombrados por el propio Godoy, y la mala situación internacional frente a Inglaterra precipitaron su caída en 1798.

Entre 1798 y 1800, diversos ministros intentaron afrontar los graves problemas de España, procurando seguir una política de paz y establecer arbitrios para solucionar la crisis económica. La llegada de Napoleón al poder tuvo grandes consecuencias en España. En primer lugar, impuso a España el Tratado de San Ildefonso en 1800, así como la vuelta de Godoy al poder que, por otro lado, ha sabido moverse frente a sus enemigos, y colocar a Cevallos en la secretaría de Estado para poder gobernar a través de él. La siguiente consecuencia fue la Guerra de las Naranjas entre Francia y España contra Portugal, un conflicto breve que no reportó grandes beneficios a España –la plaza de Olivenza, por el Tratado de Badajoz-, pero que encumbró a Godoy.

La guerra contra Inglaterra no se hizo esperar mucho. En 1805 tuvo lugar la derrota de Trafalgar, que supuso el fin de la potencia naval española. El control y el contacto con las colonias americanas se desvanecieron completamente. La crisis española era evidente. Godoy intentó zafarse del poder de Napoleón a partir de entonces pero era un empeño muy difícil para una potencia secundaria vecina de Francia. Además, solamente contaba con el apoyo real. Casi todos los sectores y grupos con peso político y social estaban en su contra, y en las calles y pueblos se le consideraba el causante de todos los problemas económicos y de las derrotas militares. Aquí comenzaría la leyenda negra de Godoy. Una parte de la oposición al ministro se aglutinó en torno a un grupo conocido como aristocrático o fernandino, integrado por nobles y clérigos favorables al príncipe Fernando. Este partido preparó una conspiración contra el rey en la que estaba implicado el propio Fernando; se trataría del conocido como proceso de El Escorial, en octubre de 1807, pero que fracasó. Esta conspiración puso de manifiesto las miserias de la familia real: el propio Fernando pidió perdón por haber conspirado contra su padre, el rey.

En el verano 1807, España y Francia firmaron el Tratado de Fontainebleau, que permitió la entrada de las tropas francesas  para ocupar el reino de Portugal, aliado de Gran Bretaña y contrario al bloqueo continental decretado por el emperador de los franceses. Según el tratado, el reino se repartiría entre Francia y España.

La crisis se agudizó con el nuevo año. Entre los días 17 y 18 de marzo de 1808, aconteció el motín de Aranjuez, que obligó a Godoy a abandonar el poder y a Carlos IV a abdicar en su hijo Fernando. El motín tuvo una apariencia de protesta popular, pero el partido fernandino estaba implicado en su organización y estallido.

Las caídas de Godoy y de Carlos IV no solucionaron los problemas. Las tropas napoleónicas, asentadas en España gracias al Tratado de Fontainebleau, comenzaron a ser mal vistas por el pueblo español, al comprobarse que las intenciones del emperador eran las ocupar las ciudades y lugares estratégicos del país, además del ataque a Portugal. En esa intensa primavera, Napoleón decidió intervenir en los conflictos en el seno de la familia real y convocó a sus miembros a una reunión en Bayona. En los últimos días del mes de abril, tanto Carlos y María Luisa como Fernando se congregaron en dicha ciudad francesa. Otros miembros de la familia debían partir el día 2 de mayo de 1808.

 

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