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Fútbol y patriotismo

Por Rosa Freyre Jun 21, 2016

Rosa Fryre articulistaExiste un circunstancia que es del todo acertada y es el hecho de que los españoles nos sentimos y manifestamos patriotas cuando nuestra selección de fútbol juega en el extranjero y es, entonces, cuando la bandera de España es enarbolada y jaleada, al grito de ¡Viva España!.

Sobre esta singular actitud tuve la constancia el día que la selección española de fútbol jugaba con Turquía, y del resultado de dicho encuentro dependía el pase de España a la siguiente fase.

Ese día mi hija pequeña y yo nos decidimos por ir de compras a un conocido centro comercial, sin saber, por supuesto, que el país estaba «colapsado» ante tan magnánimo evento.

A la salida del centro comercial caí en el hecho de que, durante el tiempo que estuve dentro del mismo, había poquísimas personas, mas no le di importancia.

No obstante, para regresar a casa y como era tarde cogí un taxi, y durante el corto trayecto, tomé conciencia de una realidad aplastante. Me explico. El taxista tenía encendida la radio, y en la misma estaban hablando de la victoria de España sobre Turquía, y escuché estas palabras exactas del locutor: «Que orgulloso estoy de ser español, porque tenemos los mejores futbolistas del mundo».

Con tan peculiar y rotunda afirmación de «patriotismo», me resulta del todo comprensible la situación político, laboral, social, económica,…que vive este país. Si hay quienes, como el locutor de la emisora de radio, se siente orgulloso de ser español, por el tan simple, porque ésa es la palabra que lo define, hecho de que España gane un partido de fútbol, sea el que sea, da igual, es del todo acertado considerar que no hay circunstancia que pueda elevar la condición de patriota a una persona más que el FÚTBOL.

Eso sí, cuidado, la antedicha condición lo es cuando nuestra selección nacional se enfrenta a un equipo que es de otro país, porque si la  competición es entre dos equipos radicados en España, pues puede haber de todo, en función de la comunidad autónoma o ciudad a la que esté vinculado cada uno de ellos.

Conviene recordar que el «orgullo de ser español» debe de estar unido al saberse honrado de pertenecer a un país en el que sus gentes sean honestas, empezando por quiénes nos gobiernan; un país en el que exista la posibilidad de que sus jóvenes accedan a un empleo digno; de que los niños tengan garantizada una educación pública o privada de calidad, ante todo, debe existir la libertad de elección por parte de los padres; una sanidad que atienda, con la más acertada de las opciones a todos los ciudadanos, que contribuyen con sus impuestos a que esa sanidad esté al alcance de todos, y teniendo una especial atención para con los más débiles, los discapacitados y los ancianos;  un país en el que la libertad de expresión no sea sinónimo de insulto o vejación de aquél hacia quien van dirigidas nuestras palabras; de que sean juzgados y condenados todos los que perjudiquen con sus actos la convivencia y, por supuesto, a quiénes produzcan dolor y muerte, mediante brutales atentados de los que resultan incontables las víctimas, sin el atenuante de pertenecer a tal o cual grupo político o social.

Y, especialmente debemos sentirnos orgullosos de nuestras Fuerzas Armadas que, llegado el momento de acudir a lugares en los que han ocurrido actos que a todos nos conmueven, bien producidos por la acción de la Naturaleza, bien por malas personas, enfermas de odio y rencor, su misión sea de ayuda y atención a las víctimas, en misiones de paz. Y ello porque, en recientes actuaciones por parte de ciertos sectores políticos, nuestras Fuerzas Armadas están siendo atacadas, sin tener en cuenta que constituyen una salida profesional digna para muchos jóvenes, que son formados para ello.

Si como el locutor «patriota» lo es, sencillamente, en función de un partido de un juego de pelota, amigos míos, en que poco y bajo concepto nos tenemos a nosotros mismos, y por tanto, nos exigimos en la misma medida.

Yo afirmo sentirme española y orgullosa de ello, porque creo que las gentes de este país merecen la oportunidad de convivir en paz, y de salir adelante, con su trabajo diario, con su compromiso en los distintos ámbitos de la sociedad, y por supuesto,  teniendo conciencia y razón de saberse representados por aquéllos que, en cada momento, tomarán la mejor de las soluciones a los mas que innumerables problemas que, al día de hoy, nos acucian, sin que recaiga toda la responsabilidad sobre el pueblo, a base de impuestos directos e indirectos, de pérdida de empleo o de precariedad del mismo, así como de aplicación de medidas restrictivas.

Y, por último, hago una llamada especial a la clase política, para que sepa «estar a la altura» del pueblo al que dicen que representan.

 

 

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