La rosa y el tiempo perdido

Gabriel Urbina

Cuando el principito, desconsolado, le explicaba al zorro que se sentía engañado porque su flor, esa flor que consideraba única en el mundo, era finalmente idéntica a aquellas rosas con las que tropezó casualmente en un jardín, recibió una lección que jamás olvidaría: «es el tiempo que has perdido por tu rosa lo que la hace tan importante». Con esa frase contundente, el zorro le hace ver al principito que estaba mirando a su alrededor de forma superficial, ignorando que cada cual dedica su tiempo a aquello que intuye único y especial porque, al invertir ese tiempo, ese fragmento de vida que nunca recuperaremos, nosotros mismos lo vamos a convertir automáticamente en algo único y especial.

Parece un argumento simple, una evidencia que Antoine de Saint-Exupéry decora con imágenes deslumbrantes para convertirlo en arte, pero la conversación entre el zorro y el principito tiene tanto trasfondo que adquiere nuevos matices para adaptarse a esta época vertiginosa de redes sociales y móviles inteligentes. Porque cuando el principito pierde su tiempo por su rosa no se conforma con estar a su lado. El principito conversa con ella, crece con ella, regándola. La mira, la escucha, la motiva. Llega, incluso, a comprender sus espinas. El principito le dedica lo más importante: su atención.

Hoy más que nunca es posible estar al lado de una persona sin estar con ella. Hoy más que nunca podemos estar cerca de alguien sin prestarle la más mínima atención. Basta observar alrededor. Una madre sentada junto a una hija que, con los auriculares puestos, no levanta la mirada de su tableta; una pareja sentada en la mesa de un restaurante, a menos de un metro, pero a kilómetros de distancia; un par de amigos (esta escena la presencié hace solo un par de días) compartiendo tiempo y cerveza desde tan lejos que, mientras uno parece triste y preocupado por lo que está leyendo en su móvil, el otro se ríe a carcajadas por el audio que está escuchando en el suyo.

Imagino que por eso cada vez hay más gente que puede sustituir fácilmente a una persona por otra. Sean amigos o primos, parejas o hermanos. Dedican tan poco tiempo a conocer a las personas que tienen cerca que todas les parecen iguales. Están demasiado distraídos, estresados, cansados, como para prestar atención. No se concentran en el instante, no hablan desde dentro, no escuchan, no pueden o no quieren profundizar. Sin embargo, serían incapaces de sustituir su móvil, ese objeto que poco a poco va alcanzando el valor de una rosa única y diferente a la que domesticar y por la que ser domesticado.

Hay imágenes, símbolos, que parecen existir para recordarnos que somos mortales, que los momentos no se repiten y que el tren del ahora no pasa una segunda vez. Entre esas imágenes que han sacudido la conciencia del ser humano desde sus orígenes, sin perder nunca la fuerza de su lenguaje directo, universal, la rosa ocupa un lugar prominente. La rosa te hiere y te atrapa, mostrándote que el atardecer de hoy se habrá marchitado en un abrir y cerrar de ojos. Acompañó primero a los dioses en esos mitos que trataban de explicar nuestro mundo, tiñéndose de rojo con la sangre de Adonis y Afrodita, antes de ser venerada por los mortales. Y ya entre los mortales, difícil encontrar a un poeta que no haya acariciado alguna vez su imagen para explicar la juventud efímera o la belleza del instante que se escapa entre los dedos. 

Por eso me encanta que Antoine de Saint-Exupéry la eligiera a ella para recordar que el reloj no se detiene y la mayor responsabilidad que tenemos es elegir a qué rosas dedicamos nuestro tiempo: un amigo, una hija, una pareja, un trabajo o un móvil. Esa elección es nuestra y somos los únicos responsables. Así, si alguna vez sientes que has dejado de ser especial y único para los que te rodean, que fácilmente podrían sustituirte por cualquier otra persona (para pasar el rato sirve cualquiera), tal vez debas plantearte que estás eligiendo mal la rosa por la que estás perdiendo tu tiempo.

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