Odiadores

Se ha profundizado tanto en el odio, se ha dedicado tanto tiempo y sacrificio al arte de odiar, que ya hay expertos de vocación en esta profesión tan demandada. Los profesionales capacitados para expandir el odio no tienen nada que temer. Se les respeta socialmente y, aunque cada vez son más, no temen ningún ERE masivo en este mundo que los reclama y necesita. Es tal la consideración que les tenemos, que el odiador es respetado independientemente de su nivel cultural, su edad, su ideología, su raza o su sexo (tal vez sea el único ámbito en el que hemos conseguido igualdad y justicia), y tiene voz y voto en las televisiones públicas y privadas, en los periódicos nacionales y en las plataformas digitales. Se sienten tan orgullosos de transmitir y expandir ese virus letal, que ahora se denominan con orgullo haters, o se esconden tras la etiqueta de influencers, expresiones que les resultan, parece, más atractivas que la de simples odiadores.
Los odiadores están siempre alerta. No importa si se consideran anticapitalistas o neoliberales, antisistemas o monárquicos. Se parecen tanto que comparten medios de comunicación, redes sociales y mucho tiempo libre. Tanto tiempo, que siempre están preparados para escupir su odio ante cualquier bomba informativa, ante cualquier exclusiva. En cuanto aparece una noticia, un nuevo dato, una nueva mentira, ahí están ellos, condenando y odiando con toda su alma, antes, incluso, de analizar o contrastar la información (huelga decir que, debido a la alta demanda, son cada vez más los odiadores que no saben leer, y que tampoco es un requisito saber escribir o tener capacidad crítica). Su remuneración es simbólica y adictiva: el placer de recibir reconocimiento público por vomitar más odio que el que está enfrente.
Estos días, un suceso de enorme repercusión social como ha sido la trágica muerte de un pequeño, supuestamente asesinado por la pareja del padre, ha vuelto a congregar a un número abrumador de odiadores. Los más veteranos, los que tienen más experiencia en esto, han aprovechado para solicitar sin dudarlo, directamente, la pena de muerte y la expulsión de los emigrantes. Se han sentido libres para descargar su racismo, insultando a los negros, y su misoginia incurable, culpando a las mujeres de lo que ha sucedido. Odio, mucho odio. También, por supuesto, misandria, odio visceral a los hombres. Una presunta escritora, odiadora experimentada, se apresuró, con las primeras hipótesis, para arrojar sobre las espaldas del padre aún más carga de la que el hombre tenía, responsabilizándolo por dejar a su hijo con una desconocida, como hacen, según la odiadora, tantos padres al separarse (calculen, si pueden, la catadura moral del personaje). Solo dos personas, entre miles de odiadores, pidiendo mesura y paz. ¿Imaginan quiénes son? Pues sí, las únicas personas que podrían expresar su odio y su rabia con total justificación: la madre y el padre del pequeño.
Pero los odiadores, lejos de sentir una profunda vergüenza, siguen a lo suyo, expandiendo el odio, incordiando, apoyándose en los miles de cómplices que cada día les sirven de voceros. Sé que esta sociedad está agonizando, pero no termina de morir y me inquieta sentir que los odiadores no dejan de crecer y reproducirse (¿Cómo es posible odiar tanto y formar, al mismo tiempo, una familia? ¿Cómo es posible odiar tanto y seguir teniendo niños a los que alimentar con tu bilis y tu rencor?). Es tan absurda la situación que a menudo son ellos, los propios odiadores, los que no se cortan y te bombardean a preguntas: «¿Por qué no te casas?, ¿por qué vives solo?, ¿por qué no tienes hijos?». A veces no me apetece morderme la lengua y les respondo, a lo Bécquer: «¿Y tú me lo preguntas?».


