Ana María Matute: el resplandor de una niña eterna

Gabriel UrbinaDespedirse de este mundo siendo una niña de ochenta y ocho años es, tal vez, la mayor virtud a la que puede aspirar un ser humano. Ella lo hizo. Si a eso le añadimos un talento que le servía para crear con palabras su propio universo, con un eclipse de vida y literatura que transformaba en peldaños los obstáculos de una sociedad ignorante, machista, es fácil entender que Ana María Matute haya sido para mí mucho más que una escritora, mucho más que una amiga y una profesora a la que nunca conocí, y que se convirtiera en uno de esos referentes que dan sentido a una lucha que no entiende de épocas ni lugares: la de mantenerse firme en un sueño cuando todo alrededor se tambalea.

Hoy es un día perfecto para cederle la voz a una mujer inmensa, brillante y luchadora, así que voy a limitarme a recordar su imagen y algunas palabras que Ana María me dejó a lo largo del camino, en relatos, entrevistas y discursos, como migas de pan para que yo no me perdiera. Algunas las tengo escritas en papel y otras en el cuaderno invisible de la memoria, ese que a veces abro para releer y asegurarme de que sus frases siguen ahí, como un faro en la tormenta.

A pesar de que la Guerra Civil tratara de apagar su brillo natural, a pesar de que partiera con enorme desventaja en esta sociedad de roles establecidos, esa niña empezó pronto a fabricarse unas alas que la mantendrían a salvo en los momentos más duros, cuando sonaban las bombas de la Guerra por fuera o las de la depresión por dentro. Sin poder ir a la universidad (era mujer y había otros proyectos para ella), siguió aferrada a los libros, a las palabras, y aprendió a volar de forma autodidacta. Batalló con la censura más feroz y sus Luciérnagas no vieron la luz, como ella las había imaginado, hasta casi medio siglo después. Premio Nacional de Literatura, sería la primera mujer en recibir el Nadal y el Planeta y la tercera en sentarse en la Real Academia, a la que entró con un discurso repleto de humildad y amor por las historias, por los cuentos, por las palabras: «La palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos. La palabra es lo que nos salva». En 2010 se le concedía el Cervantes y dijo, en la rueda de prensa previa: «El Quijote es el primer libro con el que he llorado, con la muerte del Quijote, por todo lo que significa: el dejar que la locura desaparezca. Eso es terrible. El triunfo de la sensatez».

El primer cuento que leí de ella fue «Mar». En su prólogo ya anticipaba una de las mayores epidemias de nuestra sociedad actual: «Se están cometiendo muchos errores con los niños, se les está quitando la capacidad de imaginar, se les está quitando la isla desde muy niños, lanzándoles al mar. Cada vez dura menos la infancia, pero tampoco se logra a cambio una madurez. Son niños expulsados muchos de ellos, lo que yo llamo adolescentes con cara de náufragos. Hay mucho niño náufrago». Luego, ya en el cuento, como haría después en otros muchos, preparó una pócima fantástica mezclando esos ingredientes que ella manejaba como nadie: la belleza y el dolor, la tristeza y la fascinación. En su mirada, cualquier acontecimiento cotidiano se convertía en un presentimiento extraño, trágico y maravilloso: «El niño se figuró que el mar era como estar dentro de una caracola grandísima, llena de rumores, cánticos, voces que gritaban muy lejos, con un largo eco. Creía que el mar era alto y verde».

Ana María Matute ha sido una de esas personas que me han obligado a preguntarme, muchas veces y con cierta rabia, por qué la vida nos impide conocer a seres que nos enseñan y aportan tanto, y con los que compartimos una forma de ver y sentir la vida, mientras estamos rodeados de tanta gente con la que solo compartimos, físicamente y por casualidad, un tiempo y un espacio.

En 2011 el Instituto Cervantes quiso promocionar la riqueza de nuestro idioma preguntando a algunas personalidades por su palabra favorita en español. Ana María Matute eligió una y, sin quererlo, se definió para siempre en ese video que puede verse en internet: «Mi palabra preferida en español es resplandor. La palabra resplandor me gusta mucho porque hay personas que tienen resplandor. Algunas, no todas, pero haberlas haylas. Tener resplandor es trascender de uno mismo». Y así, llena de luz, es como siempre viaja conmigo. Esté donde esté, quiero que lo sepa. Gracias por tanto.

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