Perséfone o el abrazo de la primavera

Gabriel Urbina

Hay un abrazo que marcaría, para nuestros antepasados, el inicio de la estación que acaba de comenzar. Era el abrazo de Perséfone con su madre Deméter. Si hacemos caso a la mitología, antes, mucho antes, solo reinaba una estación sobre la tierra: la primavera. Deméter, la diosa de la agricultura, prefería vivir alejada de los demás dioses y así crió a su única hija, Perséfone, lejos del Olimpo y en medio de una naturaleza salpicada de plantas y árboles en flor. La felicidad y la complicidad de madre e hija hacían que la tierra vistiera siempre un manto verde que no había sufrido jamás el zarpazo frío del invierno ni el beso de un otoño desnudando árboles bajo el atardecer.

La primavera no necesitaba nombre, pues solo ella existía. Sin embargo, Hades, dios del inframundo, observó un día a Perséfone recogiendo flores junto a unas ninfas, despreocupada, y decidió convertirla en su esposa. Abriendo en la tierra una enorme grieta, Hades salió a la superficie sobre un carro tirado por los corceles del infierno y tomó a Perséfone para llevarla a su palacio. Deméter, desesperada al ver que su hija no regresaba y que ningún dios conocía su paradero, dejó de cuidar la tierra. De este modo, su llanto iba apagando los colores cálidos de una primavera eterna, dejando que una nueva estación, el invierno, arrancara con sus manos de escarcha flores y frutos, helara las cosechas y llevara el hambre y el frío al corazón de los humanos.

Los dioses, entonces, decidieron intervenir. Helios, el sol que todo lo ve, contó que había visto a Hades llevando a Perséfone en su carro, y Zeus, el padre de los dioses, mandó a Hermes al inframundo para traer de vuelta a la amada hija de Deméter. Temeroso de la represalia, Hades ideó una forma de seguir unido a Perséfone. Le ofreció a la joven una granada, sabiendo que cualquiera que probase un alimento en su reino no podría salir. Perséfone, confiada, tomó seis semillas. No fue fácil frenar la ira de Deméter, pero Zeus logró un acuerdo entre los dioses para que Perséfone pasara seis meses (uno por cada semilla) en el palacio del inflamando y otros seis meses junto a su madre.

Así surgieron, según uno de esos relatos fascinantes de nuestros antepasados, las estaciones que siguen marcando nuestras vidas. El reencuentro de Perséfone y su madre, fundidas en un abrazo, marca el inicio de esa primavera que acaba de llegar un año más para nosotros, los mortales. Cuando se despidan, entre lágrimas, volverá el otoño y, tras él, el largo invierno. Pero yo, como siempre me ocurre con los mitos, no he dejado de hacerme preguntas desde que leyera esta historia, por el mero placer de soñar y seguir imaginando.

Imagino que, si Hades y Perséfone también se abrazan en su reencuentro y se despiden con tristeza, el mundo de los muertos tendrá sus propias estaciones. ¿Cómo será el otoño y el verano de los que ya se marcharon? Imagino también que la primavera actual, efímera y enfrentada a otras estaciones, es mucho más bonita de lo que fuera aquella primavera eterna antes del rapto, porque ¿cómo vamos a valorar el calor sin conocer el frío? ¿Cómo podemos vivir la intensidad de un momento luminoso si desconocemos el desierto y la oscuridad?

Tal vez lo más fascinante de este mito es que nos recuerda que en un solo árbol podemos ver reflejada la metáfora de toda una vida. Las etapas se suceden. El frío y el calor, la tristeza y la alegría, la compañía y la soledad viajan con billetes de ida y vuelta. Si estás atravesando una etapa dura, no olvides nunca que Perséfone no tiene reino fijo y volverá a pasear cerca de ti, antes de lo que imaginas; si, por el contrario, estás viviendo una etapa repleta de ilusiones y sueños que se van cumpliendo, no olvides celebrarlo, porque el abrazo de una diosa es tan intenso y efímero como esta primavera que acaba de nacer.

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