Las máscaras de Momo

Gabriel UrbinaEl Carnaval de Cádiz es un disfraz que desnuda, una eterna paradoja que proyecta, como un espejo, lo mejor y lo peor de un pueblo que ha aceptado vivir así, entre el infierno y el paraíso, adorando a ese dios loco y burlón del que jamás se fiaron los otros dioses. Cuando releo el mito de Momo todo vuelve a tener sentido. Y entiendo entonces que el Carnaval esté lleno de contradicciones y locura, de risas y envidias, de postureo, arte, cultura y mediocridad.

Momo, el dios de algunos escritores, de la sátira y la crítica injusta, se burló una vez de Hefesto, el dios del fuego, la artesanía y la escultura. Le dijo, entre risas, que debería haber esculpido una ventana en el pecho del hombre que había fabricado para observar con claridad sus sentimientos. Sin esa ventana, el ser humano podía ocultar sus pensamientos y vivir tantas mentiras como máscaras tuviera. A Hefesto le dolió esa crítica fácil y los dioses, cansados de aguantar las burlas constantes de Momo, decidieron expulsarlo del Olimpo. Ahora campa a sus anchas por mi tierra, año tras año, poniendo máscaras a sus devotos y nombrando, en ese templo que pintó con su sangre, al que será su próximo rey.

Reconozco que Momo ha tenido siempre el poder de trasladarme a algunos de los momentos más felices de mi infancia. Si es cierto que uno construye su memoria moldeando recuerdos, Momo me ha regalado algunos de los más luminosos. Dentro y fuera del teatro, en Cádiz o a miles de kilómetros, el punteo de un pasodoble bastaba para llenarme por dentro de arena y mar. Con la radio poniéndole coloretes a la noche, he podido cerrar los ojos y pasear por cualquiera de mis calles desde Navarra, Francia o Polonia, reviviendo aquellas finales en las que el amanecer me encontraba rumiando acordes y versos.

Pero Momo también es holgazán y mentiroso. Así que, después de poner patas arriba la ciudad, borracho de promesas, decide que es hora de echarse a descansar un rato (y para un dios, un rato puede durar meses). Y toda la ciudad parece sestear con él. Se va febrero y la gente ya no lucha, ni muerde ni critica, esperando que Momo despierte para suplicarle otra dosis de felicidad con la que sobrevivir el resto del año. Pero Momo se hace rogar, y disfruta encendiendo envidias y traiciones, contemplando esa lucha de egos de los que se sienten sus príncipes y poetas, riendo a carcajadas cuando el pueblo aplaude las composiciones más burdas y chabacanas.

Dicen que del amor al odio hay solo un paso y no puedo negar que, cuando llegaban estas fechas, yo me movía entre esos dos sentimientos encontrados. Pero pasaban los carnavales, los años, y yo iba aprendiendo una lección que intento recordarme constantemente: la vida es demasiado corta y no hay luz que no arrastre con ella algunas sombras, así que trato de ser selectivo, me coloco donde me siento cómodo y no desperdicio ningún destello que me haga feliz. El resto, puedo desecharlo. Y eso empecé a hacer con mi carnaval y con su dios. Paseo con Momo por mis calles, ignoro sus mentiras y escucho sus verdades, tratando siempre de que no me engañe con sus máscaras y me arrastre con él. Me aparto un poco cuando lo veo arrogante y falso. Sin embargo, cuando coge la guitarra y se dibuja en el aire, entre acordes, una de esas historias con las que alimenté mis sueños de pequeño, no puedo escapar de su hechizo. Y es entonces cuando conecto con él y con mis recuerdos. Y no exagero cuando digo que alguna vez me he sentido, escuchándolo, en ese Olimpo de la infancia del que una vez nos expulsaron.

A veces me gusta imaginar qué habría pasado si Hefesto, dolido por esa crítica de Momo, hubiera decidido esculpir una ventana en el pecho de los hombres y las mujeres. Dudo de que el mundo soportara tanta verdad, pero sería interesante conocer cuántos devotos del dios Momo, cuando el carnaval termina y caen las máscaras y disfraces, siguen sintiendo ese amor por su tierra, por sus mares y sus playas, y comprobar si, junto al conformismo, queda espacio para la lucha y la dignidad en ese paisaje interior al que se abren las ventanas. Por suerte, no siempre se cumple lo que uno desea, así que yo seguiré disfrutando a mi manera de este carnaval, loco y contradictorio, hecho a semejanza de ese dios al que solo le rezo algunas veces.

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