Los ojos de Pepe Lamarca

Gabriel UrbinaSi es cierto que los ojos son el espejo del alma, imaginen cómo son unos ojos (o un alma) acostumbrados a detener el tiempo para inmortalizar medio siglo de literatura, arte y música, retratar las convulsiones sociales o captar el aura que envuelve a esos genios que rompieron los hilos de las Parcas y decidieron quedarse para siempre entre nosotros. De su Argentina natal a su exilio español, los ojos de Pepe Lamarca siguen salpicando de luz un presente que él mismo ha moldeado, a golpe de clic, entre el suelo y el cielo.

Chico Javier Fernández, ese Quijote que se enfrenta cada año a molinos gigantescos para hacer de su tierra un espacio de cultura viva, ha traído al maestro Lamarca hasta este rincón del sur, y ha sembrado con su voz y su mirada exposiciones y conferencias dentro de las actividades del festival La Isla Ciudad Flamenca. Hasta final de agosto estará en la Casa Natal de Camarón su exposición «Sagas Flamencas» y hace dos miércoles tuve la suerte de asistir a la mesa redonda «La Fotografía en el flamenco», en la que Pepe Lamarca, junto a artistas y fotógrafos de la talla de Antonio Mota, Rafael Barrios, Juan Silva o Ignacio Escuín, regalaba su experiencia detrás de ese objeto mágico que será siempre en sus manos una cámara fotográfica.

Hablaba con una sencillez deslumbrante, como si de tanto jugar con las luces y las sombras, con los colores y el tiempo, sus palabras se hubiesen contagiado del hábito fotográfico para desembocar, con cada reflexión, en un instante luminoso. Siempre he pensado que no es verdad que una imagen valga más que mil palabras. El poder de una imagen radica, precisamente, en esas palabras invisibles que orbitan a su alrededor. Tal vez sea eso lo que más admiro del trabajo de Pepe Lamarca: las palabras que se enredan en sus imágenes; las imágenes con las que viste como nadie algunas palabras. Mirando sus fotografías, uno percibe la complicidad revoloteando sobre ese retrato eterno de Paco de Lucía riendo con Camarón; la grandeza silenciosa de un Vicente Aleixandre, tras recibir el Nobel, sin haber sido jamás profeta en su tierra; el universo fascinante de un Cortázar ojeando un documento junto a Carmen Waugh o el destello de la dignidad detrás del olor sólido y nauseabundo de una usina de basuras.

Detener el tiempo no es un don gratuito, y Pepe Lamarca lo sabe. Por eso habla con lucidez de la necesidad de conocer y respetar profundamente el universo que hay delante de la cámara para atrapar ese instante fugaz que anhelan los ojos. También recuerda la importancia de embellecer el momento, de cuidar la inmortalidad de un artista y asumir la responsabilidad de resaltar su grandeza en una imagen que ayudará a seguir construyendo, si el tiempo quiere, una memoria colectiva por la que todos paseamos. Por eso el maestro rechaza el gusto por caricaturizar un personaje o focalizar su derrumbe. Si la creación de un artista perdura tras su muerte, su retrato habría de proyectar ese brillo que el tiempo no desgasta.

A Pepe Lamarca se le ilumina el gesto cuando te lleva por esos recodos del camino donde sus pasos se cruzaron con los de Antonio Gades, Octavio Paz, Mujica Lainez, Alberti o Daniel Moyano. La enciclopedia que guarda en su memoria le traslada a rincones repletos de claroscuros, de anécdotas fascinantes, y uno tiene que poner los cinco sentidos (y alguno más) para grabar todo lo que ignora (que, en mi caso, es mucho) si no quiere desperdiciar esa oportunidad única de incorporar colores nuevos a su paisaje. No dejo de pensar en la suerte que he tenido de compartir con él vino y charla, de escuchar e imaginar, a través de sus palabras, un mundo que sólo acierto a soñar torpemente. Él puede decir que ha conocido e inmortalizado a las figuras más fascinantes de los últimos tiempos. Yo, desde aquel miércoles, presumo de haber conocido a Pepe Lamarca. Juan José Hernández, un fantástico escritor argentino que el maestro me recomendó aquella noche y al que estoy leyendo con voracidad, comenzaba su poema «Epifanías» con un deseo: «¡Quién pudiera mirar el mundo, / a través de los ojos enjoyados de un gato!». Yo, con su permiso, le robo el sueño y cambio las últimas palabras. A mí me gustaría mirar el mundo, aunque fuera durante un instante, a través los ojos enjoyados de Pepe Lamarca.

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