Plaza de las Flores

Gabriel Urbina

Cádiz tiene rincones donde el tiempo se detiene y sucede la magia. La Plaza de las Flores es uno de ellos. Como los años pasan y mi memoria juega a mezclar los recuerdos con los sueños, ya no sé si lo que vi, escuché y sentí aquel día ocurrió realmente o solo lo soñé. Yo estaba sentado en un banco de esta plaza cuando oí los pasos de un abuelo que se acercaba a mi banco de la mano de su nieto. Se sentaron junto a mí y el hombre miró al niño durante unos segundos, en silencio. Observé, sonriente, los ojos encendidos del pequeño, que no le soltaba la mano al abuelo y aguardaba, atento e impaciente, sus palabras. Entonces, el abuelo comenzó a hablar y la plaza quedó callada y quieta.

—¿Sabes, pequeño? —comenzó el abuelo—. Los que han estudiado la historia de Cádiz saben que este lugar está construido sobre un antiguo templo fenicio. Dicen también que aquella estatua que ves allí, en el centro de la plaza, sobre la fuente, encierra el alma de un inventor romano que amaba como nadie las flores, los árboles y la tierra, y que se llamaba Columela. Algunos dicen que, si escuchas atento junto a la fuente, el agua te cuenta los secretos de todas las plantas en un lenguaje que solo una persona especial, como tú, entendería. 

El niño sonrió al abuelo, que le devolvió la sonrisa y continúo hablando.

—Hay otros que cuentan que, si miras esta plaza desde el cielo, desde muy alto, como la miran las palomas, verías que esta plaza es como un corazón gigante, porque todos tenemos que pasar por ella para llegar o volver a cualquier sitio de la ciudad. Si quieres, y si me prometes guardar el secreto, te explico ahora algo que nadie conoce —proponía el abuelo esperando el gesto cómplice del pequeño—. ¿Tú sabes por qué a esta plaza la llaman la Plaza de las Flores y estas flores nunca mueren?

El hombre hizo una pausa mientras el nieto abría los ojos de par en par y negaba con la cabeza, con la esperanza nerviosa de que el abuelo le contara ese secreto del que solo ellos dos serían los guardianes.

—Pues verás, un día, las cuatro estaciones se sentaron a descansar en esta plaza, y el tiempo, de repente, se detuvo. El viento le dio un beso de agua al Invierno que, perezoso, lo siguió de la mano por la Catedral. El Verano, inquieto, pasó por donde estás tú ahora para dejar una carta en ese edificio de Correos. En la carta se leía un «volveré» brillante y seco; tras dejarla, salió lento por la Plaza de la Libertad, donde robó la sombra en un puesto del Mercado y huyó salpicando de sol el camino de La Caleta. Entonces el Otoño, pequeño y revoltoso como tú, quiso jugar al escondite con la Primavera, y se ocultó en la copa de este árbol para pintar las hojas y sacudir las ramas. La Primavera, que tenía que contar hasta diez, siguió contando hasta cien, y hasta mil, y se quedó dormida en aquel banco que ves allí. Desde entonces, en este rinconcito de Cádiz siempre es mayo y los olores se mezclan como en un sueño del Tiempo. Nunca dejan de crecer las flores y nunca sabes la hora exacta a la que llegaste. Por eso, pequeñín, ahora tienes que darle un beso a tu abuelo, que quizá ya es tarde y tenemos que volver.

El nieto besó al abuelo, se levantaron y se marcharon. Y yo me quedé sentado, regando mis pensamientos con aquellas palabras. Hoy he vuelto a la plaza y, como tantas veces, no he podido resistir la tentación de sentarme en este banco para que el tiempo se detenga y escuchar más fuerte los latidos de la ciudad. O quizá, simplemente, para despertar al niño que se quedó por siempre jugando en mi interior, entre las estaciones que se marcharon y la estación que se durmió. Y aquí, sentado, he vuelto a recordar (o a soñar, ¡qué importa!) esta historia que nació con mi hermano Dani, al que quiero enviarle este abrazo en forma de palabras, porque a su lado aprendí a traducir el lenguaje del Tiempo, de las Flores y del Agua.

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