Tiempo libre, tiempo secuestrado

Gabriel UrbinaLa forma de usar las palabras es, con frecuencia, la herramienta más eficaz que tenemos para evaluar el tipo de mundo que estamos construyendo. Siempre me llamó la atención una frase del acervo popular que, analizada con calma (aunque análisis y calma no sean las principales virtudes de esta sociedad), explica a la perfección la causa de muchos males de nuestra época: el tiempo libre. Parece evidente que definir como tiempo libre una parte ínfima de nuestra vida es lo mismo que aceptar o reconocer que durante la mayor parte de la misma el tiempo está secuestrado, cautivo. Lo cierto es que no parece preocuparnos demasiado. Al fin y al cabo, necesitamos comer y vivir (o sobrevivir) en la sociedad que nos tocó al nacer, así que la mayoría asumimos que tendremos que estudiar o trabajar la mayor parte del tiempo. Algunos tenemos la suerte de hacerlo en algo que nos apasiona, otros no, pero aceptamos que las obligaciones ocupen la mayor parte de nuestra vida.

Sin embargo, aunque parezca increíble, a esta sociedad no le basta con robarnos ese tiempo. Ha decidido que el poco tiempo al que llamamos libre no debe serlo del todo, y quiere controlarlo también, que lo etiquetemos y clasifiquemos según sea más o menos útil o provechoso. Así, cada vez hay más lugares que debes visitar antes de morir, espectáculos que no puedes perderte o actividades de ¿ocio? de obligado cumplimiento (no sea que al morir tengamos que hacer un examen más y se burlen de nosotros por no haber estado a la altura durante ese ratito de vida que nos regalaron). En esta sociedad de producción en cadena y consumo vertiginoso, las necesidades se fabrican y el tiempo libre se secuestra. Si te da por jugar, tumbarte en la cama, pensar, escuchar música o mirar la lluvia, alguien te recordará que estás perdiendo el tiempo. Perder el tiempo, otra expresión reveladora que nos sirve para justificar esa jaula cómoda y segura donde encerramos tantos momentos.

A veces es tan demencial nuestra forma de ver la vida que, cuando le dices a alguien que vas a hacer algo que te apetece, ya sea ir a un concierto, salir a correr o ver una película, te responde con frecuencia que eso está genial para desconectar y recargar pilas. ¿Recargar pilas? ¿Desconectar? Hemos asumido con tanta naturalidad que somos máquinas que la actividad ya no es válida por sí misma, simplemente porque te gusta, porque te hace sentir bien, porque te conecta con tu interior, sino porque, gracias a ella, vas a volver con más fuerza al trabajo, vas a producir más, vas a ser más útil. Como en la peor pesadilla que pudiera imaginar Michael Ende para su Momo, la dictadura de los hombres grises llegó para quedarse, y ya ni siquiera tenemos que preocuparnos por evitar a esos seres sombríos ahí fuera. Ahora viven dentro de nosotros.

El brillante filósofo y profesor Byung-Chul Han nos recordaba hace poco, en una de sus visitas a Barcelona, que «la aceleración actual disminuye la capacidad de permanecer: necesitamos un tiempo propio que el sistema productivo no nos deja; requerimos de un tiempo de fiesta, que significa estar parados, sin nada productivo que hacer, pero que no debe confundirse con un tiempo de recuperación para seguir trabajando; el tiempo trabajado es tiempo perdido, no es tiempo para nosotros». Tal vez sea la batalla más dura que nos ha tocado vivir en estos días, y probablemente ya esté perdida, pero yo, de momento, me niego a levantar la bandera blanca. Quiero que mi tiempo libre siga siendo libre. Hacer esto o lo otro porque quiero, porque lo siento, y poder responder, si alguien me pregunta para qué lo hago, con un simple «para nada; para todo; para mí».

No sé cuál será el próximo paso de esta sociedad para deshumanizarnos un poco más. Tal vez no haga falta y seamos nosotros mismos, con nuestra propia inercia y falta de conciencia, con nuestro miedo a separarnos de la tribu, los que sigamos dando pasos vacíos, regalando nuestro tiempo, nuestra vida, a algo en lo que ni siquiera creemos. Decía Byung-Chul Han que «en la orwelliana 1984 esa sociedad era consciente de que estaba siendo dominada; hoy no tenemos ni esa conciencia de dominación».

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