El agujero negro del acoso escolar

Gabriel Urbina

Estaba el otro día mirando y admirando la imagen del horizonte de sucesos de un agujero negro que, por ser la primera, intensificaba esa pátina mágica que nuestra ilusión añade a ciertas fotografías, cuando me asaltaron con fuerza algunas sensaciones. La más intensa, una que me persigue desde pequeño, es la de no poder separar la imagen de un universo inmenso, infinito, plagado de estrellas, satélites y planetas, de la imagen de un cuerpo humano que, mirado por dentro al microscopio, parece un reflejo diminuto de ese universo exterior. De niño, tumbado en la tierra, boca arriba, me encantaba imaginar que ese sol o esa luna, que esas estrellas que garabatean como letras luminosas el lienzo oscuro de la noche, eran simples células de un órgano gigantesco. Y también nuestro planeta, una célula minúscula o inabarcable, según la captara el ojo distante de un dios o la mirada cercana y efímera de una persona que vive en ella.

Leía con atención la noticia de ese fascinante hito de la investigación científica y, a cada paso, a cada línea, necesitaba detener la lectura para asimilar la abrumadora cantidad de datos, algunos difícilmente digeribles para alguien que, como yo, tiene más curiosidad que conocimiento en la materia. El agujero negro se encontraría situado en el corazón de la galaxia Messier 87, a nada menos que cincuenta y cinco millones de años luz de nosotros, y tendría una masa equivalente a seis mil quinientos millones de soles. Su forma, extremadamente circular, parecía concordar con la Teoría de la Relatividad de Einstein y había sido captado por una red de ocho radiotelescopios situados en diversos observatorios del planeta (uno, por cierto, con acento andaluz, ubicado en Sierra Nevada). Algunas certezas, muchas incógnitas y una ingente cantidad de ceros en cada cifra.

Seguí navegando un rato por el periódico y me dispuse a pasar a la siguiente noticia, todavía hechizado por los datos y la fascinante imagen del agujero negro. Y del hechizo me sacó, como un golpe, el titular que leí a continuación. No podía imaginar mayor contraste para las sensaciones que acababa de experimentar. Rezaba así: La carta de suicidio de Andrés, el menor que sufría acoso. Respiré hondo y me dispuse a leerla, aun sabiendo que caería en picado del cielo al infierno. Si me parecían difíciles de asimilar las informaciones que aparecían en la noticia anterior, en esta me sumergía tragando rabia y saliva, apretando los dientes y despegándome como podía de un comienzo que se me grababa a fuego por dentro: «Hola, mi nombre es Andrés y, si estás leyendo esto, es porque me habré suicidado». Luego vendrían las desilusiones que se iban acumulando en la mochila, el dolor que se desprende de esos días que se repiten, idénticos, bajo los insultos y las vejaciones, la frustración y las horas que se hacían infinitas en ese centro mientras él iba muriendo lentamente… Y al final, esa frase, esa comparación terrible que volvió a sacudirme llevándome a la fotografía que antes me había parecido hermosa y ahora no sabía cómo describirla: «El hecho es que después me di cuenta que en ese punto de mi vida ya no tenía objetivos. En ese día no me vi futuro, solo vi un oscuro agujero negro. Y ya no me enfocaba en mis estudios, por culpa de él, porque me sentía perdido y de hecho ese día lo decidí. Decidí que me merecía vivir una mejor vida».

Que el chico hablara de un agujero negro en aquel preciso instante me hizo recordar que las casualidades, si existen, no están hechas para mí. Andrés terminaría la carta despidiéndose de los suyos, pidiéndoles perdón por no tener fuerzas para seguir luchando y solicitándoles que devolvieran unos libros que él había olvidado entregar en la biblioteca. Y a mí me dejó, en el recuerdo, ese agujero negro cuya sombra no termina de difuminarse. Desde aquel día, como cuando era niño y me perdía mirando las estrellas, no he podido separar en mi mente los dos agujeros negros. Uno, repleto de futuro en esa fantástica fotografía, a miles de años luz, me invita a soñar con el día en que seamos capaces de descifrar ese lenguaje escrito sobre el firmamento imponente; el otro, imposible de fotografiar, tan cercano, me recuerda que no se puede bajar la guardia ante el acoso y que a solo unos metros, en mi propio centro, puede formarse un agujero negro en el interior de cualquier estudiante que apague para siempre sus sueños. Ojalá muy pronto docentes, amigos y familiares dejemos de mirar para otro lado y nos centremos en interpretar las señales y el lenguaje de ese otro abismo oscuro que, invisible y turbio, tampoco deja escapar la luz.

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