El lobo, la bruja y el idealismo cómplice

Gabriel Urbina

Pues sí, para qué negarlo. Me provoca pavor esa gente que, repleta de buenas intenciones, convierte la vida en una ruleta rusa en la que otros no queremos participar. Esos otros pueden ser amigos, familiares o incluso sus hijos pequeños. A veces lo hacen por simple ignorancia, por no entender los engranajes del ser humano (esa mezcla de componentes psicológicos y biológicos interactuando, a menudo de forma explosiva, con los valores de una sociedad cruel, extraña y cambiante); otras veces porque realmente creen en un mundo hecho a la medida de su imaginación, un mundo que los demás tenemos que aceptar y en el que los leones dan besitos, los osos lanzan arcoíris y los delincuentes, asesinos y violadores se transforman de la noche a la mañana en gente cívica para que niños y adultos, mujeres y ancianos, puedan pasear tranquilos por donde quieran. 

Es posible que esta absurda concepción del mundo tenga su origen en esa legión (cada vez más numerosa) de adultos mimados, consentidos, que han vivido desde niños en la burbuja que mami y papi crearon para ellos. Crecer sintiendo que eres el centro del universo y llegar así a la edad adulta seguramente te haga pensar que todo se soluciona con buenas intenciones y una sonrisa, que no puede pasarte nada malo (porque no sería justo), pero lo cierto es que el mundo no funciona con esas reglas. Aunque te parezca un juego feo, las reglas (que no las leyes, esa sí podemos y debemos cambiarlas) llevan mucho más tiempo que cualquiera de nosotros sobre este planeta. Podemos hablar de educación y convivencia, y también de la importancia del entorno familiar y los condicionantes económicos y sociales, pero la verdad es que hay depredadores impredecibles y a menudo el ser humano es uno de ellos, el más salvaje e impredecible de todos.

Creo, sinceramente, que hay gente que no está preparada para vivir en este mundo. Y no digo que no sean personas comprometidas, generosas o con ideales fantásticos, pero se han equivocado de juego. Hace no mucho se viralizó la noticia de un misionero que, con la maravillosa intención de llevar la luz a una comunidad aborigen de una isla del Índico, acabó, como era de esperar, acribillado a flechazos (hay que ser inconsciente e idealista para pensar que tu religión o tu sociedad es tan fantástica que debes exportarla a una isla remota). También me viene a la cabeza aquel documental, Grizzly Man (formidable como estudio psicológico más que medioambiental), en el que un animalista trataba de demostrar que los osos grizzly no eran peligrosos (a mí, que me encantan los animales, no deja de sorprenderme la obsesión de algunos individuos por convertirlos en personas, en lugar de respetarlos y aceptarlos tal y como son). Y claro que no son peligrosos, los peligrosos son los seres humanos que, en lugar de dejarlos en paz, se acercan a ellos con la intención de abrazarlos y demostrar ridículas teorías como que no son agresivos. Lógicamente, acabó devorado y, de paso, también su pareja. Porque la estupidez idealista arrastra, irremediablemente, a otras personas.

Ahora está de moda gritar por las redes sociales que hay que educar a los violadores y asesinos para que dejen de violar y asesinar, en lugar de enseñar a los niños y niñas a temer a los desconocidos o a evitar lugares solitarios. Me parece tan absurdo, tan demencial, que siento pánico imaginando a esta gente explicando a mis seres queridos las reglas del mundo en que vivimos.

Yo sufrí de adolescente un par de intentos de robo a punta de navaja y, hace unos años, me libré por poco de que un vecino toxicómano me mandara al otro barrio con un cuchillo de cocina. Son situaciones que te marcan, experiencias que comparto con algún amigo de la infancia, pero que, desgraciadamente, no tienen nada de extraordinario en esta sociedad. Por eso me pregunto en qué mundo vive esta gente que pretende, a base de cartelitos en Facebook y educación, acabar con los atracos, los asesinatos y las violaciones. Imagino que irán al trabajo montados en unicornios y se han atiborrado de tanto idealismo que se ven capaces de domesticar al lobo de Caperucita y a la bruja de Hansel y Gretel. No, yo no lo veo tan claro. No me fío del lobo ni de la bruja, y tampoco de ese idealismo infantiloide que se ha convertido en su cómplice. Seguiré recomendando a mi gente que recele de cualquier desconocido, que no salga a correr por zonas solitarias y oscuras, que huya y grite si se encuentra en peligro, y, cuando no quede más remedio, que esté preparada para defenderse. El lobo y la bruja siguen ahí, seguirán estando. 

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