La voz de Casandra

Gabriel UrbinaSiempre me han atraído los relatos sobre profecías, oráculos y adivinaciones. Me parecían fascinantes las vidas de esos seres que, venerados y repudiados por su propio pueblo, eran capaces de desentrañar el mensaje de dioses y estrellas, arrastrando hasta el presente la imagen de un futuro incierto para el resto de los mortales. Cuando en la Biblia o en la mitología aparecían sus historias, me quedaba hipnotizado. Nombres como Daniel, Isaías o Casandra desprendían esa luz misteriosa y fascinante que surge cuando historia y leyenda, ficción y verdad, se abrazan en algún rincón del tiempo.

Lo que más me impactaba, tal vez, era comprobar cómo un don tan extraordinario se convertía, habitualmente, en un terrible castigo. La capacidad de leer el futuro chocaba frontalmente con las debilidades de todo un pueblo, desde sus líderes a sus siervos. La gente necesitaba y deseaba conocer lo que iba a pasar, pero, al mismo tiempo, no quería escuchar aquello que no le complacía, ni estaba dispuesta a asumir sus errores, su responsabilidad, ni a luchar para cambiar el devenir de los acontecimientos. Y así, de forma inevitable, muchos de estos visionarios se convertirían en víctimas de una sociedad que los utilizaba a su antojo, honrando o despreciando su voz según el color de sus palabras.

La historia de Casandra, la princesa troyana, es uno de esos relatos mitológicos que mantiene intactas su fuerza y su vigencia. Bendecida con el don de la profecía, Apolo la maldijo y convirtió ese regalo de los dioses en un sufrimiento permanente. Casandra podía anticiparse a todos los males, pero la maldición hacía que nadie creyera en sus palabras. Ni su pueblo, ni sus seres queridos, ni siquiera sus propios padres, los reyes Príamo y Hécuba, creyeron a Casandra cuando esta les advirtió de la amenaza que se cernía sobre su tierra. Aferrada a la escultura de la diosa Atenea, llorando sobre las ruinas humeantes de Troya, Casandra grabó en su mirada el dolor de haber conocido, sin poder evitarlo, el destino de su pueblo sordo y ciego.

El tiempo ha pasado y, aunque me siguen gustando, los relatos proféticos han ido perdiendo ese halo mágico que tenían para mí. A medida que iba creciendo y la sociedad me resultaba más oscura, esos seres extraordinarios me recordaban, cada vez más, a cualquier experto o intelectual que era ignorado o humillado, en televisión o en las redes sociales, por masas de individuos que  despreciaban su mensaje. Dejé de considerar a los profetas como seres prodigiosos en medio de un mundo fascinante para comenzar a verlos como personas lúcidas y formadas en medio de una sociedad ignorante, mediocre y destructiva.

Las historias se repiten y la voz de Casandra sigue acompañándonos. Su figura deja a contraluz ese enfrentamiento entre una sociedad adormecida y una voz brillante que no logra despertarla. Al leer estos días algunos artículos en los que científicos y expertos de todo el mundo nos presentan, de forma individual o colectiva, un futuro descorazonador, no puedo dejar de acordarme de Casandra y de su llanto incontenible sobre los restos de una Troya destruida. Imagino que esos intelectuales sentirán algo similar a lo que sentía Casandra mientras miraba la sonrisa despectiva o compasiva de algunos troyanos que se asemejan demasiado a ciertos líderes y ciudadanos de nuestro tiempo: esos que siguen burlándose y restando importancia al cambio climático, al deshielo, a la caza furtiva, al cemento con que se cubren playas y bosques calcinados, a las marismas convertidas en basureros…

No sé si los dioses han entregado a algunos seres elegidos el don de la profecía o basta con un poco de lucidez, formación y reflexión para dibujar con nitidez el paisaje que nos aguarda un poco más adelante. Lo que sí sé es que la voz de Casandra no debería apagarse en un pasado remoto. El eco de su voz debería servirnos para aprender a escuchar a esos otros mensajeros que, en estos tiempos confusos, no dejan de advertirnos del peligro que se cierne sobre nosotros. Una amenaza que, como el caballo de Troya, aprovechará nuestro letargo para acabar reduciendo a cenizas, quién sabe cuándo, nuestro egoísmo enfermizo y desmedido.

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