América para los americanos

A veces pienso que no es más que otro episodio sobre cómo una palabra se utiliza para normalizar el abuso o la humillación, la desigualdad, la colonización o la violencia. La historia de esta deformación es larga y en esta otra parte del charco, tanto medios de comunicación como escritores, periodistas y particulares, se han convertido también en cómplices de esta invasión despreciable. A veces por ignorancia, a veces por sumisión, y otras por propia voluntad, pero cómplices, al fin y al cabo, de esta manipulación sistemática.
Estos días ha quedado claro, una vez más, el paisaje americano que le gusta a Trump y a muchos de sus simpatizantes: a un lado, la imagen idílica y engañosa de una tierra repleta de oportunidades, de promesas para los que no las necesitan ni las pidieron; al otro, los desheredados, los nadies, los inmigrantes criminalizados, animalizados, con niños separados de sus padres y traumatizados de por vida. Entre esos dos mundos, un muro real y otro invisible. El real lo vemos todos. El invisible, en cambio, sólo aparece cuando te asomas a esas palabras, América, americanos, aparentemente inofensivas, pero usadas como bombas que tratan de expulsar de sus sonidos a los americanos que no son estadounidenses.
Más allá de los Estados Unidos hay una América. No es una América idílica. A menudo es cruel y violenta, con caciques y narcotraficantes sometiendo al pueblo, con desigualdades atroces y dictaduras sanguinarias (algunas, por cierto, apoyadas por el gobierno estadounidense), pero es América. Y en esos países, desde Argentina a México, de Colombia a Uruguay, también hay americanos soñando con fuerza. Hay mujeres indígenas que afrontan cada día, sin bajar la cabeza, persecuciones y amenazas por el simple hecho de ser mujer, de ser indígena; hay gobernantes que no venden su dignidad ni cambian de vida por alcanzar el poder; hay escritores, pintores, cineastas y cantantes que siguen viendo en el arte y en la palabra una forma de construir puentes y ensanchar nuestro mundo. José Agustín Goytisolo dejó escrito un poema luminoso, «Americanos», que a mí me gusta repetirme en presente:
Yo tuve amigos
de color
de bronce:
hombres del Sur
compañeros
de América.
Llegaban hasta mí
con sus canciones
con su tierra
en la mano.
Me decían:
yo soy Colombia;
México; Argentina;
yo traigo el Altiplano
en la palabra;
vengo de Venezuela;
Ecuador; Nicaragua;
soy de Chile;
mi patria
es El Perú…
Por ellos
se ensancharon
mis fronteras;
por sus canciones
me inundó la alegría
de otros mares; supe
el dolor de pueblos
sin aurora;
alcancé el corazón:
sentí su tierra.
Yo sigo creyendo en el poder de la palabra. Como pienso que estamos en una época en la que la colonización lingüística e ideológica es más sutil pero no menos temible que la militar, hoy quiero hacer mío el lema que utilizara Trump para llenarlo de sentido: «América para los americanos», sí, pero para todos los americanos. Especialmente, para esos americanos que siguen compartiendo el sueño de una vida mejor en una tierra más ancha, más libre y más acogedora.

