Cuando los ángeles lloran

Gabriel Urbina

Ha pasado un cuarto de siglo desde que el grupo mexicano Maná denunciara en una canción los crímenes que el gobierno de Brasil estaba cometiendo en el Amazonas. Sonaba «Cuando los ángeles lloran» y a la banda no le temblaba la voz al señalar a Collor de Mello, expresidente brasileño, y a su policía como cómplices del asesinato de Chico Mendes, activista ambiental que llevaba años luchando de manera pacífica contra la extracción desmedida de madera y la deforestación de la selva amazónica. Ha llovido mucho (o mucho han llorado los ángeles) desde entonces, pero los colores del Amazonas siguen apagándose y, más allá de hablar de países corruptos, criminales que siguen ocupando presidencias y multinacionales sin escrúpulos, hoy tenemos la oportunidad de poner en primer plano la imagen de una selva que, todavía, podemos recuperar. 

Desde este Occidente lleno de comodidades es fácil escuchar que poco o nada tenemos que ver con esa deforestación progresiva, pero la realidad de este mundo globalizado es que todos, en mayor o menor medida, somos cómplices de cada vida que se extingue en una de las regiones más ricas del planeta. Y no quiero centrarme en las terribles consecuencias del cambio climático ni en las implicaciones que tiene nuestra llamada sociedad del bienestar, basada en el consumo enfermizo y la explotación ilimitada; hoy quería hablar de algo más simple pero que, en mi opinión, es la fuente de muchos de los problemas internos y externos que padecemos en esta época: la prepotencia insultante con la que miramos a una naturaleza en la que nosotros mismos, por veneración a nuestro ego, decidimos dibujar una pirámide y representarnos en su cúspide evolutiva.

Me tranquiliza pensar que, afortunadamente, no somos ni seremos nunca tan importantes. Por eso me asombra seguir leyendo cada día, en cualquier medio de comunicación, esa frase tan manida de que estamos destruyendo el planeta. No. No es cierto. Me suena de nuevo a prepotencia y vanidad, a puro egocentrismo. Nosotros, ni en nuestros sueños de grandeza más estúpidos, podríamos acabar con el planeta. Estamos, eso sí, destruyendo esa parte del planeta que nosotros necesitamos para vivir. Si arrasamos con los bosques y las selvas, si convertimos los océanos en plástico y las montañas en vertederos, es probable que no podamos seguir viviendo. O que, aun pudiendo, no merezca la pena seguir viviendo. Pero la naturaleza seguirá su curso sin nosotros, el planeta florecerá de nuevo y seguirá latiendo la vida a cada paso, en cada rincón.

Lo cierto es que nunca sentí que fuéramos necesarios. Si me da pena pensar en la extinción de nuestra especie es por simple egoísmo y curiosidad. Es porque, habiendo conocido la oscuridad que puede habitar en el ser humano, también he conocido la luz y la belleza que puede nacer de dentro. Pienso en la música o en un cuadro, miro un libro, oigo un idioma, me detengo en la fascinante tecnología que me permite estar compartiendo estas líneas, ahora, y no puedo dejar de imaginar las posibilidades infinitas que un crecimiento sano, sostenible, tendría en vidas futuras. Sin embargo, jamás pondría esas creaciones, por más que me emocionen o hayan marcado mi vida, en una pirámide imaginaria, por encima del vuelo majestuoso del águila, la mirada insondable de un jaguar o las formas imposibles de la anaconda. No puedo ni quiero tener que elegir. No puedo imaginar un progreso sin raíces y me vienen a la mente, con más fuerza que nunca, esas palabras que el maestro Delibes dejara en su ensayo El sentido del progreso en mi obra: «la destrucción de la Naturaleza no es solamente física, sino una destrucción de su significado para el hombre, una verdadera amputación espiritual y vital de éste. Al hombre, ciertamente, se le arrebata la pureza del aire y del agua, pero también se le amputa el lenguaje, y el paisaje en que transcurre su vida, lleno de referencias personales y de su comunidad, es convertido en un paisaje despersonalizado e insignificante».

No sé si a los ángeles les duelen la estupidez y la avaricia humanas, no sé si les conmueve ese suicidio lento que arrastra, en su caída, a otras especies y grupos que sí han sabido vivir en armonía con la naturaleza. Pero si es cierto lo que dice la canción, que «cuando los ángeles lloran, lluvia cae sobre la aldea», espero que esta vez lloren con rabia. Que lloren por esa selva que agoniza, por cada árbol que muere y cada estrella que se apaga; que lloren por cada lengua, cada planta y cada especie que desaparece sin que seamos conscientes de que con ellas desaparece nuestro mundo, nos apagamos nosotros. Ojalá lloren con furia, con más violencia que el fuego.

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