Grito, luego existo

Gabriel UrbinaNo sé qué sería de Descartes en estos tiempos de verdades absolutas y polarizadas, pero imagino que defender la duda como método de conocimiento, de evolución y desarrollo, incluso de justicia, le habría costado arder en alguna de esas hogueras que se encienden a diario en redes sociales y medios de comunicación. Da vergüenza ver los pilares que levantaron seres como él, para que la sociedad mejorara, pensara y construyera desde cero un mundo nuevo, convertidos en escombros sobre los que esta sociedad sonríe y se hace un selfie.

La duda, en estos días, no es solo ignorada o criticada, sino directamente prohibida. Si se te ocurre mostrar tus dudas, si no defines tu color en un tema determinado, estás perdido. Serás excluido, insultado o alguien te colocará en el grupo opuesto. Y ese otro grupo tampoco te aceptará, porque te pedirá que te posiciones a favor o en contra. Y así, rodeado por esos apóstoles de las certezas en rebajas, uno siempre se siente cerca de Judas. Los mismos que te apoyan cuando tu opinión coincide con la suya, te crucifican si dudas de alguna de sus verdades.

La duda siempre fue la base sobre la que se sustenta el conocimiento, la ciencia o el derecho. Dudar te hace humano, racional. Y no defiendo una duda que te paralice o te muestre pasivo ante las injusticias. Defiendo una duda que no te haga actuar de forma irracional, que te permita oponerte a la corriente y seguir tu camino, incluso por esos senderos en los que no haya nadie más que tú. No dudar nunca te convierte en un simple engranaje de esta maquinaria, en un autómata, en un borrego más del grupo negro o blanco.

Me parece peligroso que cada vez haya más gente defendiendo que no se dude de un colectivo, de un estudio o de una denuncia. Pero ¿existe algo más ridículo? ¿La Inquisición no había desaparecido? Es decir, aunque te parezca que tu partido está actuando mal o que no tienes datos suficientes para defender a la supuesta víctima de un delito, no puedes dudar. Si dudas, te conviertes directamente en simpatizante de otro partido o en cómplice del delincuente. Así de simple, así de absurdo.

Estos días he vuelto a asistir, perplejo, a otro de tantos juicios mediáticos. Las hermanas de una mujer con síndrome de Down habían denunciado a una empresa por supuesta discriminación. Decían que un representante de la empresa les había indicado que su hermana no podía estar en el evento comercial, ya que podía causar malestar al resto de asistentes. Mucho antes de poder oír la versión de la empresa denunciada, las redes sociales ya ardían con fotos, críticas y falacias de todo tipo. Yo soy más lento, y me cuesta pensar con tanto ruido de fondo. Yo necesito dudar, buscar información, antes de posicionarme. ¿Estoy diciendo, entonces, que confío en la empresa? No. ¿Estoy diciendo que me creo la versión de las hermanas? Tampoco. Estoy dudando, simplemente. He visto demasiadas veces hasta qué punto el ser humano es capaz de mentir, traicionar, ocultar o delinquir por los motivos y excusas más peregrinos, por lo que he aprendido a no poner la mano en el fuego por nadie con tanta ligereza. Me da igual quién realice la denuncia y quién sea el denunciado. Desconfío de hombres y mujeres, de adolescentes y mayores. Yo veo factible que una empresa sea capaz de cometer una atrocidad como la que se denuncia (y espero, si ha sido así, que la justicia caiga sobre ella con determinación), pero también veo posible, en esta sociedad enferma, que dos personas utilicen a su hermana para sacar algún beneficio. Lo siento. Yo nunca he creído en la bondad natural y universal del ser humano. Yo pienso que, al igual que hay gente luchadora, generosa, compasiva o capaz de sobreponerse a las mayores adversidades, también hay mucha gente ruin, cobarde, vaga y dominada por las circunstancias.

Comprendo que toda víctima necesita apoyo y comprensión. Por supuesto. Y ese apoyo lo ha de encontrar en su círculo de confianza, en los psicólogos y profesionales. Pero yo no me siento capaz de sentenciar a nadie cuando no dispongo de formación o información suficiente. Yo creo que la justicia, para ser justa, debe partir de la duda. Y debe haber siempre especialistas que determinen lo que ocurrió, y sus voces deberían prevalecer sobre los gritos de esa masa enfurecida. Será incapacidad, pero me cuesta imaginar una sociedad más mediocre, injusta y peligrosa que aquella en la que la primera certeza de Descartes al aplicar la duda metódica, «pienso, luego existo», ha sido reemplazada por una mucho más estridente, oscura y tóxica: «grito, luego existo».

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