Los límites de la libertad

Gabriel UrbinaLa libertad jamás fue libre. Es un concepto abstracto y en permanente cambio. Depende del significado que una sociedad concreta en una época específica quiera o pueda darle, siempre con límites (así de paradójico es vivir en sociedad). Por eso utilizamos la misma palabra para realidades muy diferentes según nos encontremos en la España actual o en la franquista, en la Alemania nazi, en Ruanda o en Qatar. Conceptos como el de libertad están en constante evolución porque nuestra individualidad está y estará siempre en permanente lucha con el resto de individualidades que conforman cualquier sociedad. Nuestra libertad está limitada desde que nacemos. Se nos imponen normas y modas, se nos imponen leyes y hasta palabras que van marcando el camino colectivo, aunque nos gusten algunas y odiemos otras, aunque nos gusten todas o las rechacemos, porque solo así ha sido posible cierta convivencia.

Dicho esto, siempre será positivo que se abran debates como los que se ponen sobre la mesa estos días, sobre la libertad de expresión, la represión o la censura. En dictaduras y gobiernos totalitarios no existe tal debate, por eso es importante que nos tomemos en serio, mientras podamos, estas oportunidades que tenemos para posicionarnos y definir entre todos lo que entendemos por libertad de expresión, lo que entendemos por delito o simple provocación, qué consideramos un insulto o una amenaza, y, llegado el caso, qué establecemos como sanción justa o proporcionada.

Me resulta interesante comprobar cómo los partidos políticos y sus simpatizantes se lanzan como hienas sobre estos conceptos y tratan de llevarlos a su terreno. Se ha polarizado un debate que debería ser mucho más profundo, porque nos incumbe a todos, independientemente de nuestras creencias o ideología. Personalmente, considero delirante que las penas que se pidan para un joven por escribir basura (esa es mi opinión sobre los textos que he leído, hasta el momento, de él) sean iguales o superiores que las penas de aquellos que han sido condenados por abuso de un menor, por robo con violencia o por malversación. Pero también me parece curioso que, entre los que defienden al artista, se encuentren los mismos que piden censurar, día sí y día también, ciertas películas que consideran degradantes, videojuegos violentos, carteles publicitarios o las canciones de reggaetón, por machismo y misoginia. Inevitablemente, me surgen preguntas: ¿hay creaciones más censurables que otras? ¿Depende de la sensibilidad de cada uno?

Me parece positivo, al menos, que tengamos la oportunidad de reflexionar sobre ese censor que todos llevamos dentro (jamás he conocido a alguien que, si tuviera el poder o la capacidad, no censurara algo). Teniendo siempre presente que la libertad de expresión es uno de los pilares de cualquier democracia, no soy tan ingenuo como para pensar, como he comentado al comienzo, que no tiene límites ni fronteras, porque vivir en sociedad tiene consecuencias como esta: al derecho y a la libertad individual de expresarte se superponen otros muchos derechos y libertades individuales, como el derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen.

Yo creo, como mucha gente, que jamás hay que censurar una obra de arte. Sin embargo, asoma aquí otro tema complejo, un debate que ha existido desde siempre, en todas las épocas y lugares, como es el del propio concepto de obra artística. En sociedades como la nuestra, con una influencia cada vez mayor de las redes sociales, es habitual hablar de arte o artista para justificar cualquier cosa que se escupa o vomite (hoy cualquiera se presenta como artista y ya sabemos que la difícil rima de cabróncon kalashnikov sigue teniendo muchos adeptos, desgraciadamente, en una sociedad tan acostumbrada a escribir antes de leer como a enseñar antes de aprender). En este sentido, suscribo unas palabras de Manolo García que leí hace poco en una entrevista que Lidia Ramírez realizó para The Objetive: «Hay cosas  groseras que no hacen falta y la gente joven debe educarse en la luz y no en la oscuridad y lo sucio. Hay que tener un respeto por la lengua y amarla y, sin querer parecer alguien demasiado moral, pienso que hay que hablar bonito y escribir bien». Y repito, no lo digo con la intención de censurar o meter en prisión a quien no lo hace (a mí me parece bien que cada uno manche su mundo como quiera, ya sea con Jiménez Losantos o con Valtonyc). Lo digo porque me gustaría, al menos, que no se le regalara la palabra artista a cualquiera que manosee unas cuantas palabras con la única intención de multiplicar las cloacas. El arte es también denuncia social y a menudo busca remover conciencias. Pero no cualquier denuncia es arte ni cualquier rima te convierte en artista.

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