Los primeros pasos no tienen edad

Gabriel Urbina
Gabriel Urbina

Cuando se habla de los primeros pasos, se dibuja en nuestra mente, casi de forma automática, la imagen de un bebé aprendiendo a caminar, torpemente, con esa mezcla de sorpresa, ilusión y miedo que despierta en nosotros, instintivamente, una sonrisa protectora. Hay algo mágico en esos momentos que abren de par en par una puerta que hará que el mundo cambie para siempre. Sin embargo, yo tengo la suerte de que esas palabras dibujen en mi mente, además, otras imágenes. Porque he vivido esos primeros pasos varias veces y porque no he dejado de ver a personas de treinta, cuarenta, sesenta y noventa años dando sus primeros pasos. Sus primeros pasos leyendo, escribiendo; sus primeros pasos en un idioma nuevo o en la universidad, pintando o bailando. Lo hacen con esa misma mezcla de ilusión y nerviosismo en la mirada, con esa torpeza valiente de quien busca abrir una nueva puerta que intensifique los colores de su paisaje cotidiano. 

Pocas cosas me reconcilian con el ser humano, pero esa es una de ellas. Me tranquiliza ver a personas que siguen echándole un pulso a la vida, que no desfallecieron en el intento de seguir creciendo mientras luchan, cada día, contra esas voces que desde dentro y desde fuera les repiten que ya pasó su hora, que no deberían bailar, ni estudiar, ni hacer deporte, ni jugar… No son legión; de hecho, son una inmensa minoría que se rebela en un mundo donde cada edad viene catalogada junto a una lista de sueños que tienen fecha de caducidad. 

No quiero entrar a enumerar los beneficios (infinitos) que aporta atreverse a dar los primeros pasos en cualquier actividad que nazca de un deseo pendiente, de una ilusión que se resistió a morir durante toda la vida. Tampoco voy a recomendar esos primeros pasos como quien recomienda una dieta saludable o un libro de autoayuda. Basta con mirar y escuchar, con sentir, para entender que en esos primeros pasos que damos de mayores está escrito el único conjuro que nos permite renacer.

He observado a personas escribir su primera carta con cincuenta años. Y he visto bajo el brillo de sus ojos, en el trazo inseguro de las letras, la profundidad de un mensaje que no pierde su belleza por las faltas de ortografía. También he reconocido en la voz temblorosa de alguien pronunciando sus primeras palabras en francés, a los setenta años, el mismo milagro nervioso que salpicaba nuestros primeros pasos, nuestras primeras caídas. Y he conocido a alguna mujer que, por ser mujer, no pudo estudiar y tuvo que soñar con los libros desde su cárcel cotidiana de cuidados y biberones, hasta que decidió que esta era su hora y llenó la mochila con los deseos de aquella niña que le enseñó a sonreír de nuevo; y he conocido a algún hombre que, por ser hombre, no pudo ir a la universidad y tuvo que mantener a su familia desde muy joven, hasta que decidió que este era su momento y se matriculó en primero de una carrera que no suma créditos, sino ilusiones. El miedo está acechando, latente. Miedo a ser rechazado, miedo a no estar a la altura, miedo a sentir la dificultad o el fracaso. Pero, como en el primer beso, en el primer viaje o en la primera cita, el deseo de sentirse vivo tiene que ser más fuerte que cualquier miedo. 

Y así dejaron atrás la guerra, una infancia de dificultades, de trabajo perpetuo… Pasaron página y volvieron a nacer. Son, definitivamente, seres especiales en vías de extinción. Si tienes la suerte de tener a alguno cerca, de trabajar con ellos, observa, escucha y admíralos con la misma sonrisa con la que observas la grandeza de un bebé dando sus primeros pasos. Si no eres capaz de entender su valentía, si no eres consciente del esfuerzo gigantesco que requiere dar esos primeros pasos cuando el otoño ha llenado tus bolsillos de hojas secas y responsabilidades, te propongo que hagas tú mismo la prueba. Desempolva alguno de esos deseos que dejaste de niño en algún cajón de la memoria. Atrévete a darle forma, trata de hacerlo encajar en tu mundo presente. Si lo consigues, pasarás a formar parte de un grupo de elegidos: aquellos que darán sus últimos pasos al ritmo que marcan los latidos limpios de esos primeros sueños que siguen resonando en su interior.

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