El rincón de Bartolo

Gabriel UrbinaBartolo tiene los ojos llenos de atardeceres. Ha despedido tantas veces al sol desde la orilla de su cantina, que sabe que el tiempo avanza más lento así: cuando se queda enredado en el rojo intenso del horizonte o muerde el anzuelo de su fotografía, siempre diferente, siempre idéntica en los matices dorados y metálicos del crepúsculo.

Desde ese rincón del paraíso, Bartolo ha ido construyendo su mundo, recibiendo y despidiendo amigos, y viendo desde su trinchera, la Cantina del Titi, cómo la avaricia o la ignorancia han tratado muchas veces de emborronar un paisaje que él sigue dibujando cada día, con fotos y sonrisas, charlas y recuerdos. Cuando mira hacia atrás, se levanta en su memoria un almacén de pescadores que sigue latiendo en el restaurante. La quilla de una vieja barca le recuerda, a cada paso, la fecha de esa alianza entre su sangre y el mar, 1934, antes de la Guerra y el dolor; antes, incluso, de que su voz y su mirada se acostumbraran al vaivén de esta marea que es la vida.

Aunque dicen que nadie es profeta en su tierra, Bartolo ha conseguido ser profeta en su tierra y en su mar, haciendo de capitán y marinero en un barco siempre abierto y encallado. La Cantina del Titi es una puerta al interior de la Bahía donde se desvanece el tiempo y se despiertan los sentidos. Como si hubieran firmado un trato con Poseidón, Bartolo y su tripulación siguen llevando a su local de madera las imágenes y los olores, el ritmo y los sabores de otro tiempo, de otro mundo, esos que solo el mar puede devolverte cuando en la tierra hace ya mucho que dejaron de existir. Y el mar, a cambio, tiene permiso para entrar sin avisar, cuando quiera, hasta la cocina, para jugar con las barcas o desenredar las conversaciones de los que contemplan su orilla.

Estar allí, junto a la Playa de la Casería, es tener la oportunidad de contemplar ese encuentro mágico entre la tradición marinera y el universo flamenco. Llevan años citándose en secreto, bajo la luna de Lorca y Camarón, para seguir cantando por alegrías la esperanza de otro amanecer de plata. Y no son pocos los artistas que han buscado inmortalizar la llama hipnótica de esa cita, como Isaki Lacuesta en La leyenda del tiempo o Antonio Mota en su Bosque de Musas. Sin embargo, todos saben lo difícil que es comprender, si no lo estás viviendo, ese extraño impulso que nace en lugares como este y que te obliga a seguir «enamorao de la vida» un poco más, con más intensidad, «aunque a veces duela».

Cuando tengo la oportunidad, traigo hasta aquí para comer y charlar a los amigos que vienen de fuera porque, como ellos mismos dicen, no quedan ya muchos espacios que hablen del tiempo y del mar como lo hace este rincón infinito. Entre barcas y casitas de pescadores, he paseado por él tantas veces que ya lo siento parte de mí. No, no me canso de serpentear entre gaviotas y gatos, sintiendo que me voy perdiendo a medida que mi sombra se alarga bajo un cielo que sangra lentamente, al fondo, mientras se van encendiendo las primeras luces de Cádiz. Y así, sin perder de vista el horizonte, sentado en un escalón sin dueño, qué bonita se ve Cádiz, mirando de frente, probándose su vestido de noche en el espejo de la Bahía.

Si La Isla tiene el alma dormida y desperdigada, me queda la esperanza de que un jirón quedó atrapado para siempre en esta ensenada de colores imposibles. Por eso, si te gusta mirar al alma de los lugares, si, además de conocer sus calles y monumentos, te gusta sentir cómo sueña y duerme una ciudad, cómo se baña y sonríe, el rincón de Bartolo te está esperando. Porque hay paisajes que, simplemente, ya estaban dentro de ti mucho antes de que pudieras conocerlos.

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