Black Mirror: enfrentados a nuestro reflejo más oscuro

Gabriel UrbinaVan pasando los años y a uno se le van acumulando irremediablemente libros, películas, series, discos o juegos que esperan pacientemente su turno. Tal vez por eso, porque soy muy consciente de que cada día que pasa (y pasan demasiado rápido) me queda uno menos por vivir, me he vuelto muy selectivo con las recomendaciones de otros. No es vanidad, es solo que tengo muchas pasiones y no me permito perder mi tiempo con algo que no me llena. A estas alturas, solo aplazo mis cuentas pendientes si alguien me convence de que algo puede hacerme vibrar. Y así ha pasado con la serie Black Mirror. Me la recomendó Alfonso, un compañero de trabajo que conserva esa capacidad en vías de extinción que siempre admiraré: no cuenta solamente lo que ha visto o leído (eso lo hace cualquiera), sino que sabe transmitir lo que ha sentido al verlo o leerlo. Y no sabe cuánto se lo agradezco.

He seguido últimamente series que me han impactado. Con Game of Thrones y Breaking Bad, con Hannibal, The Wire o True Detective, he viajado a mundos oníricos, épicos o que muestran el lado más cruel de la genialidad, la mediocridad o la desesperación. Sigo de cerca ese fantástico estudio sobre la condición humana que destilan Boardwalk Empire, Gomorra o The Walking Dead (Fear The Walking Dead incluido). Sin embargo, reconozco que con Black Mirror sentí, desde el primer instante, una atracción visceral, diferente. Siempre me ha dejado paralizado, pensando en lo que acababa de contemplar mucho más tiempo de lo que duraba el propio capítulo.

Los espejos han sido desde siempre, en la literatura y el arte, esa puerta mágica hacia un mundo fascinante (a menudo nuestro mundo interior). Desde el Narciso de Caravaggio (enamorándose hasta la muerte de sí mismo) hasta Alicia, desde la Malvada Reina de Blancanieves a las creaciones de Borges, Velázquez y Poe, los espejos han reflejado nuestro universo deformándolo y destacando aquellos matices que nos hacen a la vez extraordinarios y miserables, libres y esclavos. Si Valle-Inclán colocó a la sociedad española del XIX frente al reflejo esperpéntico de su destino, Black Mirror hace algo similar en un mundo globalizado, enfrentándonos sin piedad a los espejos negros que nos esclavizan. En palabras del guionista y creador de la serie, Charlie Brooker, «el espejo negro puedes encontrarlo hoy en cada pared, en cada escritorio, en la palma de cada mano. La fría y resplandeciente pantalla de un televisor, un monitor de ordenador, un tablet, un smartphone…».

Sí, los espejos de Black Mirror son desconcertantes, pero ya no necesitan ser curvos ni hablar para sumergirnos en un mundo perturbador. Les basta con iluminar esa parte del camino que tenemos delante, a solo un paso. La estética y la fotografía de algunos episodios poseen una belleza arrebatadora, pero el reflejo final que se adhiere a tu pupila guarda siempre una imagen aséptica, familiar y monstruosa. Cada capítulo, independiente del resto, es una reflexión profunda sobre nuestro destino cercano,  repleto de cuestiones inquietantes: ¿hacia dónde nos dirigimos?, ¿cómo podemos superar y olvidar un pasado grabado y reproducido, eternamente, en la nube?, ¿pueden las redes sociales vaciarnos hasta el punto de convertirnos en meras sombras dependientes de un clic?

En Black Mirror el ser humano aparece como un nuevo Sísifo condenado al eterno entretenimiento virtual. Sobreinformado, pero incapaz de interpretar, extraer o interiorizar significados; conectado a todo, pero desconectado de sí mismo. Y así, aislado entre una multitud llevada por la inercia, suplica más entretenimiento, más condena, para no sentir la inmensa soledad de la incomunicación. Deshumanizado, adicto a esa droga terrible del afecto artificial, insaciable, va aferrándose a un universo tecnológico tan atractivo y desconcertante como la peor de nuestras pesadillas.

Es sorprendente que una serie logre comunicarse con tu conciencia de una forma tan directa y contundente, jugando hasta el extremo con tus prejuicios y emociones. Cuando termina un capítulo, no sientes que cualquier delincuente sea más culpable que los jueces virtuales, en masa, que lo sentencian, ni logras distinguir entre víctimas y verdugos, porque todos reflejan (y esto me parece genial y aterrador a partes iguales) tu propia imagen. Tal vez, lo más perturbador de esta serie es saber que la semilla de su mundo está brotando ya, en nuestras manos, ahora mismo. Ojalá no acabemos ahogados, como Narciso, arrastrados al abismo por nuestro reflejo más oscuro.

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